La persiana oculta tu sombra
bajo los prismáticos
de la ventana.
La palestra no era amable,
como tampoco lo es el caldero
en ebullición,
a punto de estallar,
del que no quisiste involucrarte
salvo si la lava
cruzaba tu puerta.
Las hormigas
sólo querían compartir
unos minutos
de la miel de los zánganos al sol.
Sólo los aceites perfumados
eran alegados
a tostarse bajo el humo
de tu tejada.
