El tiempo avanza,
el vínculo se estrecha.
Tus ojos hablan.
Encerrada en su mundo,
sin ser capaz de ver
su cambio de paradigma,
le mostró su mayor miedo
consciente,
y sin conciencia
de caer en sus manos,
dejando estampados
sus soliloquios en sus plumas.
Cómo no prever
lo obvio, siendo tan obvio
y previsible,
como negarle el diálogo
a tus ojos,
cegados
por exceso de confianza
y obsesión en él,
tu Cisne Negro.
Cómo no prever
que ibas a morir por su acto.
Hoy, en tu día,
se me escurre la voz
entre mis dedos.
La incerteza me envuelve
en su penumbra
y me atrapa en su miedo.
La gran suerte del infortunio afrontado
es el haber sido
defenestrada por tu mano
y ponerme
el desapego en bandeja;
la parte no tan grata
es haber caído en tus hilos
planificados en silencio,
una ventana,
habilitada
para recopilar huellas
y mostrarlas
por la puerta trastera de salida.
Una caída más de la vida
que me he ganado a pulso
por ser de ideas y no de hechos.
Podría haberse evitado
con diálogo y estima.
Ahora ya solo es pasado y tristeza,
punto final de partida.
Con permiso del Sol,
la margarita se abre
de par en par
aireando sus pétalos
a pesar del mal tiempo
y la ausencia directa
de su abrazo de luz.
La mano ejecutora
le asestó el puñal
desde las sombras,
cortó la flor
sin bajar a la arena.
El sueño falleció
en el mismo lugar
donde se originó.
El tallo autoflorece
en todo su esplendor.